ladridos de soledad
Mi corazón vuelve a encerrar el latido de la desesperación; no logro hallar el agua que calme mi sed, ni el alba que alumbre mi oscurecida alma, no tengo pasión por nada, ni albergo afecto por nadie; ni deseo encontrar lástima en los ojos que detrás de la codicia me observan, incapaces de asimilar que no es dinero cuanto deseo, ni títulos lo que quiero, sólo hallarme en paz conmigo mismo es cuanto anhelo.
No pido que me comprendáis, no quiero dar una imagen errónea de mí, por lo que no os pediré nada. Solo dejaré intuir, que tan sólo lo que deseo es gozar de la libertad del alma.
Dudo que a día de hoy exista razón de ser para mi, quizás en otro tiempo la hubiera, pero al igual que con las raciones; se ha desvanecido en la caducidad. Cada día que pasa me doy cuenta de que me he quedado obsoleto, la sociedad camina a un ritmo, el cual, yo no puedo ni siquiera alcanzar.
Quizás debiera pedir perdón, pero para qué, de todas formas; de nada serviría ser perdonado. Tan solo ansío romper las cadenas que reprimen a mi alma, no hablo de coraje ni de devoción; tan solo hablo de libertad, del desvanecimiento de la opresión que día tras día sigo sufriendo acallada por el sonido del capital social.
Tal vez creáis que el error es mío, que no he ladrado lo suficiente cómo para ser escuchado (quizás sea esta la verdad) pero, lo pongo en duda; pues por más que he sido tratado como un perro, no lo soy.
Este no será mi epitafio, no concluirá así mi (trágica) historia, atrapada en un mundo de papeles y billetes, en un mundo de diplomas y en un tiempo de monedas. Antes de emprender mi (ultimo) viaje, deberé organizar otros antes, quizás todos seáis más felices si carecéis de inservibles lastres de arena y agua, si dejáis de tener en vuestro ámbito el leve olor del fuego expandido entre mis venas.
De todas formas, esto no lo enfoco a nadie, o tal vez a todos (ya sabéis quienes debéis) pero al fin y al cabo, en una sociedad situada en un tiempo de corrupción; un escrito tan sólo son palabras...



